EL LEGADO DE LA BESTIA: IRON MAIDEN EN EL PALACIO DE LOS DEPORTES

EL LEGADO DE LA BESTIA: IRON MAIDEN EN EL PALACIO DE LOS DEPORTES

Si energía es lo que caracteriza a los discos de Iron Maiden, en vivo es una explosión. Una aplanadora total. Lo más cercano a esos conciertos legendarios en los que, de principio a fin, ves a la banda echando trancazo tras trancazo, sin dejar que el público baje la guardia.

Foto: Alan Cortés

Muchos ya sabían a lo que iban, pero entre la gente se veían caras que evidenciaban que por sus oídos no ha pasado todavía mucho metal. Como pocas veces, el Palacio de los Deportes lució casi lleno desde mucho antes de la llegada del invitado especial. Así, The Raven Age salió ante un recinto ya ocupado. No mucho qué decir de ellos. Efectivos. Buenos para no hacer tan larga la espera. Y una vez que abandonaron el escenario, desde ahí comenzó el alarido ensordecedor “¡¡¡Maideeeeen, Maideeeeen!!!”

Antes de la salida de los británicos, todo muy hermético. No se veía forma a lo que se venía. Todo tapado por mantas y con el staff que sólo afinaba pequeños detalles. Lo bueno comenzó al ritmo de “Doctor, Doctor” de UFO, que sirvió de canción marcial para descubrir instrumentos y tarimas por las que una y otra vez pasaría Bruce Dickinson para hacer un show cercano a una ópera rock… ya después el histórico “We hall fight on the beaches” de Winston Churchill y la primera de la noche: “Aces High”.

 

Con una avioneta volando sobre el escenario… casual. Es Iron Maiden.

Los que ya están acostumbrados a sacar el celular a la menor provocación, no sabían ni para dónde apuntar: si para la utilería que sobre ellos había; para un Dickinson que desde la primera salió con el sombrero de charro; para el legendario Steve Harris, tronando el bajo cada que se coreaba “Running, scrambling, flying”… o para Janick Gers que malabareaba su guitarra como si se tratara de una espada. Una completa saturación visual, similar a la auditiva… inicialmente el audio no ayudó mucho y atascaba de tal forma que algunos del público, muy prendidos y todo, pero tuvieron que taparse los oídos. Ya luego lo arreglaron o todo mundo acabó por acostumbrarse y ¡venga, más música!

Foto: Alan Cortés

El Legado de la Bestia

Los fans no podrán quejarse. Se hizo un repaso de la discografía, desde el inicial y homónimo Iron Maiden (1980), llegando sólo hasta el Brave new world (2000) y seleccionando canciones épicas (literalmente), en las que tanto en las letras como en la música se desarrolla una narrativa que podría extenderse por horas (o libros enteros), pero que Iron Maiden logra condensar en pocos minutos. Imagínense cuánta energía y adrenalina se necesita para eso.

Foto: Alan Cortés

Así, en menos de dos horas fue contada la aventura de un piloto tumbando aviones en combate (“Aces high”); se resumió el clásico de Clint Eastwood Where eagles dare; vino el aviso del Apocalipsis al sonar “2 minutes to midnight” y se evocó la lucha entre ingleses y escoceses en “The clansman”. De entre tanto vertiginoso relato no podían quedar fuera “The trooper” (con la aparición de un Eddie representando la batalla de Balaclava), “Flight of Icarus”, con el mitológico personaje cayendo entre llamas al final y la herética “The number of the beast”… tsss, esos versos de Robert Burns hechos riffs.

Foto: Alan Cortés

Una noche épica, con una banda que haciendo música de épicas se ha convertido en… legendaria, vamos a decir, para no repetir. El show no pudo terminar mejor. Luego del primer y único encore, Dickinson y compañía regresaron con la shakespereana/romanesca “The evil that men do”“Hallowed be thy name” y luego, a las piedras (como dice Cha)… “Run to the Hills”. Punto final de la primera de tres noches que Iron Maiden estará en el Palacio de los Deportes. Si apenas se están enterando, ni se molesten: el propio Dickinson anunció que todas son completos sold out.

Foto: Alan Cortés

Galería 

Foto: Alan Cortés

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